Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2005.
Años felices en Alta Gracia
..."Antes de la llegada de Ernesto, en el barrio se decía que Villa Nidia estaba hechizada, pero con Ernesto, sus padres, sus hermanos, se convirtió en la casa del pueblo. Los niños del lugar seguían encantados. De hecho Doña Celia, animaba a su primogénito y sus otros hermanos, Celia, Roberto y Ana María, a que llevaran a sus amigos a Villa Nidia, sin importarles que fuéramos de su misma clase social o vendedores de periódicos" ...
(D. Moyano, Alta Gracia 2001)
Entrenamiento del futuro guerrillero
... "Fui amigo de Ernesto, y de ese mundo de recuerdos que hoy revivimos, de su infancia, de sus travesuras, de su asma, en Alta Gracia, jamás olvido que fue en Alta Gracia y en otras Sierras de Córdoba donde sin saberlo, se entrenó para lo que iba a afrontar más tarde: escalar montañas, montar a caballo, practicar la natación, soportar el frío, el calor, aprender a sobrevivir. Todo aquello sirvió a Ernesto de preparación para lo que vendría después. Desde los 10 años salíamos a caballo, con una carpa o nada, una hamaca, dormíamos a cielo abierto"...
(Calica Ferrer, Buenos Aires 2001)
Ajedrez: Los primeros movimientos
..."Enseñé a Ernesto los primeros movimientos de ajedrez cuando él era muy pequeño, fue en Alta Gracia en las Sierras de Córdoba. Recuerdo algunas partidas en que yo por voluntad propia perdía y mi hijo se ponía furioso, así no quiero jugar, decía. Con el tiempo progresó en la práctica del juego ciencia y cuando en Buenos Aires estudiaba la carrera de Medicina enfrentaba a expertos jugadores, pero yo no estoy autorizado a juzgar a mi hijo como ajedrecista.
Con el tiempo conocí por el maestro Najdor, campeón argentino, que en 1962 había jugado con Ernesto y lo calificó de un ajedrecista de primera categoría.
Najdorf declaró a un periódico de Buenos Aires que el Che Guevara tenía una biblioteca compuesta por más de 500 volúmenes sobre ajedrez. ¿cómo jugaba? era un jugador bastante fuerte. Prefería el juego agresivo y era sensible a los sacrificios, pero bien preparados; por lo que puedo ubicarlo en primera categoría"...
(Ernesto Guevara Lynch, La Habana 1982)
De Alta Gracia a Córdova
..."En1943, tras algunas tribulaciones infructuosas para acercarse a Córdoba sin instalarse allí por completo, la familia Guevara decide cambiar de casa por las buenas, enésima migración y se instala en plena ciudad. Primero porque el ir y volver cotidiano de Alta Gracia fatiga a Ernesto, luego porque ya le toca a la menor, Celia, pasar a secundaria, finalmente porque la madre espera un quinto hijo (Juan Martín) y Don Ernesto encontró el modo de trabajar asociado con un arquitecto de la capital provinciana. La casa de Córdoba, calle Chile, 288 donde vivirán cinco años será célebre en el folclore familiar, como la famosa Villa Nidia, de Alta Gracia" ...
(Pierre Kalfon, París 1997)
Testimonios y Recuerdos
Che Guevara: Historias inéditas de su infancia
Sucedió en Alta Gracia, sierras de Córdoba, en el corazón de la República Argentina. Corre el mes de setiembre de 1939. Ernesto, el hijo mayor del matrimonio Guevara-de la Serna, tiene cumplidos 11 años, 9 de ellos signados por el asma, enfermedad que le acompañó en sus pasos por la vida y que sòlo a ratos establece tregua por el clima seco de la región, su naturaleza fértil, montañas retadoras, saltos de agua, campos abiertos para la practica deportiva...
Alta Gracia concedió al niño de esta historia, la posibilidad de vivir como otros chicos de su edad, y en opinión de su padre ,jamás le acomplejó su dolencia respiratoria, creció entre ejercicios, estudios y juegos, y forjó su carácter en la fragua social de aquel paraje donde los más pobres, fueron sus amigos.
Ernesto, vive en Villa Nidia, una casona colonial que se observa en la parte alta de esta ciudad; posee sala-comedor tres dormitorios, áreas para el servicio doméstico compuesto por Sara, María y Rosario; cocina de época y hábitat para estudio de Don Ernesto. Árboles patriarcales regidos por un pino robusto, tributan sombra y abanican brisa en ésta típica vivienda a la que circunda campo suficiente para juegos de los muchachos.
En el dormitorio del hijo mayor reposa sobre la cama ,un tablero de ajedrez. Disputa una partida con su padre, quien no oculta la satisfacción de haber iniciado a Ernesto en la afición a este antiguo juego llegado de Persia y con el cuál se ejercitan los más grandes estrategas. Se enfurece cuando pierde, acota el maestro. Comenta:
"_ ¿Sabés Ernesto? hoy para orgullo de todos los argentinos, participa en la olimpiada mundial de ajedrez en Buenos Aires, el campeón sin corona, José Raúl Capablanca, de Cuba. ¡Es un cubano el más grande ajedrecista del planeta!."
Cuentan que 24 años después, en La Habana, cuando ya aquel niño asmático de las Sierras de Alta Gracia, era hombre, convertido en sueño y verdad de la juventud de América, cargado de historia, pensamiento, pureza y voluntad,asistió en La Habana a la inauguración del " Torneo Internacional Capablanca In Memoriam". Fue el discreto y respetuoso homenaje del Ministro de Industrias dirigente político y guerrillero heroico, al genio del juego ciencia, su ídolo , cuyo nombre escuchó mencionar por primera vez, aquel día de setiembre, de 1939.
II ¿Porqué Alta Gracia en la vida del matrimonio Guevara de La Serna? La historia se remonta a noviembre, de 1927, tras la boda y luna de miel en la lejana Misiones, provincia distante 1800 Km. al norte de Buenos Aires, por el Río Paraná, fronteriza con Paraguay y Brasil.
En Misiones, Guevara Lynch es dueño de tierras donde cultiva yerba mate, "el oro verde"y según se ha escrito "vivía poseído de la fiebre yerbatera,"Allà fue con su joven esposa Celia de La Serna, heredera de una hacienda agrícolo- ganadera; ella tenía 21 años, él 26, ambos pertenecían a la alta sociedad de Buenos Aires.
La luna de miel duró poco, Celia, embarazada, advirtió el grito de su sangre en forma de niño y el reclamo por asomar el rostro al mundo. Decidieron volver a la civilización para que el parto "se produjera en un ambiente más cómodo y seguro". El joven matrimonio viajó río abajo en un barco hasta Rosario, ciudad portuaria de 300,000 habitantes, que se ubica a unos 300 Km de la capital Argentina. Aquí nació Ernesto Guevara de La Serna, en la madrugada del 14 de junio, de 1928. Actuaron como testigos para la inscripción del niño, Raúl Lynch, primo de Don Ernesto y José Beltrán, taxista brasilero.
El pequeño enfermó y en auxilio de la joven madre, acude su suegra Ana Lynch y sus hijas Ercilia y Beatriz. Al restablecerse dos meses después regresan a Buenos Aires, para presentar a Ernestito a los familiares de sus padres, opuestos a aquel noviazgo y matrimonio, allí el primogénito fue bautizado y es su padrino Pedro León Echague, amigo de la familia.
De Buenos Aires, nuevamente a las selvas de Misiones. En 1929, Celia quedó embarazada, y Don Ernesto decide el regreso definitivo a la capital, donde su esposa alumbró una niña a quien bautizaron con el nombre de la madre; por entonces vivían en un chalet ubicado en el terreno de una gran quinta colonial propiedad de su cuñada "a una distancia cómoda del astillero de Don Ernesto, al borde de la quiebra en el suburbio residencial de San Isidro" .
La economía de Ernesto y Celia se deprimía cada vez màs y para colmo ,el astillero fue pasto de las llamas en un incendio sospechoso. Dicen que no estaba protegido por el seguro. Un ventoso y frìo día de mayo, año 1930, Celia llevó a su hijo Ernesto de dos años a nadar en el Club Náutico. Esa noche el niño tuvo su primer ataque de tos y el médico diagnosticó bronquitis asmática. La familia comprendió que el primogénito había contraído una enfermedad crónica que lo afectaría el resto de su vida y alteraría irrevocablemente la de sus padres. En mayo de 1931, nació Roberto.
Al crecer la familia, deciden tiempo después viajar a Córdoba, distante 700 Km. de Buenos Aires. La ciudad capital es famosa por su cultura (tiene una de las universidades más antiguas del continente,fundada en 1613) y las sierras, aportan un clima seco que los médicos recomiendan a la familia cuando piensan en Ernesto y su asma rebelde
Se alojan en un hotel con ventanas abiertas a la Plaza San Martín. El niño de casi 5 años no mejora, tampoco la economía del padre, por ello renta una casa de alquiler noble en Argüello, pueblo de campo, cercano a la ciudad capital de provincia. Se mantiene un
El cuadro se mantiene idéntico en la salud de Ernesto y es cuando por sugerencias de un especialista amigo, Dr. Jorge Ferrer, ordenan las maletas y parten hacia Alta Gracia.
III Fue en esa ciudad, en la primavera del año 2001, donde conocí a viejos amigos de Ernesto Guevara, niños en aquella época a quienes pedí contaran historias inéditas y junto a ellos recorrimos barrios bajos y altos, el de los ricos y los pobres, mineros, ferroviarios, peones, gente muy humilde, compañeros de Ernesto Guevara -de La Serna. Me alegró conocer y besar la frente de Doña Elba Rossi, ya en el pórtico de la centuria. Elba precisa que ella no fue la primera maestra del Che Guevara, fue su propia madre Doña Celia, quien inició al niño en el mundo de las lecturas, las mejores y le enseñó la práctica de otro idioma, francés. Doña Elba murió en los días de mayo del 2002.
Benita Roldan fue también maestra de Che, en la escuela Santiago de Liniers, y según Don Vidoza, uno de sus condiscípulos, era muy bella, "y usted no imagina cuantas maravillas hacíamos con un espejo que llevó Ernesto al aula, y que colocado en una posición ideal se reflejaban las piernas de aquella hermosa mujer"
Vidoza recuerda a Don Oviedo Celaya, esposo de Elba, austero maestro, de sexto grado. "Un día preguntó cuál de nosotros conocía algo de la Revolución francesa, nadie levantó la mano y entonces Ernesto lo hizo, pasó al frente, junto a Dn' Oviedo y muy sereno dio una clase sobre el tema que nos dejó asombrados. Habló como si fuera el maestro y apenas tenía unos siete u ocho años."
Y conozco a Rosario González, Doña Charito, allá en el barrio sur, nodriza y cocinera del Che, Sara Echenique y María Martínez que formaban parte de la casa Guevara -de la Serna, ya no viven, Rosario acaricia su año 86 y dice que recuerda a Ernesto como si lo viera hoy, y prodigando elogios a Celia, "que era una dulzura, una mujer tan amorosa, delicada y muy generosa. Gracias a la patrona los chicos pobres de Alta Gracia comenzaron a alimentarse con leche fresca en las escuelas, que Doña Celia pagaba."
¿Y de los hermanitos, Rosario?
- "Ernestito era el más delicado de salud, por eso me apegué tanto a él, como él a mí, porque era el que más cuidado necesitaba, más cariño y compañía. Era un amor de chico"
Rosario cuenta que el Che le enseñó a ser solidaria,
" "Si estaba comiendo un pedacito de pan y venía un chico, lo compartía con él. Un día, jugaba fútbol con otros chicos y veo que regresa a la casa muy serio, y entra a su dormitorio, busca un pantalón y sale con él, yo le pregunté ¿vos donde vas con ese pantalón? contá con tu madre, y él respondió es para el "Negro" que tiene su pantalón roto y no puede jugar y además porqué yo voy a tener 10 pantalones y mi amigo ninguno, sus padres no tienen dinero, si los míos con tanta plata no pueden curar mi asma. Recuerda Rosario que conversaba horas con el niño y con apenas 6 o 7 años, era el primero que leía el diario y un día le dije: ¿ porqué no me enseñás a leer? Y él me respondió: un día de estos.
" Esta casa siempre estaba llena de chicos y comían aquí, es como si lo estuviera viendo a Don Ernesto con las manos en la cintura: "¡ah, que le parece Rosario, barato me van a salir los amigos de mis hijos!" y sonreía y mis ojos se humedecían por la emoción."
IV. En Alta Gracia asistí al primer aniversario de su designación como Patrimonio Cultural de la Humanidad, sabia decisión de la UNESCO y aprecié el trabajo para la apertura del Museo Che Guevara, en Villa Nidia, en la calle nº 501 en el barrio Carlos Pellegrini. Cuando abra sus puertas mostrará al visitante fotos, documentos, libros y material bibliográfico y otros testimonios históricos pertenecientes al Guerrillero Heroico.
Recorrí las mansiones Jesuitas y del Virrey Liniers, la Iglesia Mayor, el Dique de los Molinos, las escuelas San Martín y Santiago de Liniers donde estudiaron en sesiones matutina y vespertina, Ernesto, Celia, Roberto y Ana María, me detuve frente al chalet Los Espinillos, donde vivió durante su exilio, el virtuoso músico y compositor español Manuel de Falla, autor de la inmortal Danza del Fuego y padre político del malogrado poeta Federico García Lorca.
Conocí por referencias e impacto visual, las edificaciones del Hotel La Gruta, primer alojamiento de la familia Guevara de La Serna, quienes después vivieron en el Sierras Hotel, chalet de Fuentes, Villas Beatriz, Chichita y Nidia, siendo ésta última la que marcó un alto en la rotación de inmuebles, regida por principios económicos.
Y fue en Alta Gracia donde admiré el testimonio de otro amigo del Che Guevara, uno de los niños más humildes de esta estancia Jesuítica, en su adultez, músico y gente de letras. Presento a Daniel Moyano para que cuente a ustedes pasajes históricos de su infancia, y de su amistad con Ernesto Guevara de la Serna.
" Por los años 42 o 43 en Alta Gracia mi primo y yo íbamos todos los jueves a la Plaza Manuel Solares a la hora de la retreta, para vengarnos de que no nos dejaban estudiar música que era nuestra vocación. Aquella acción consistía en llegar de súbito a las espaldas de Ocampo, el director, justo cuando éste levantaba la batuta para atacar la primera pieza del concierto y emitir a dúo, lo más fuerte posible una serie de sonidos extraños, ante el escándalo de las viejas que tejían en los bancos cerca de la pérgola y del propio maestro, que se agarraba los pocos pelos que tenía y nos insultaba en voz baja pero concentradamente. Nosotros seguíamos con nuestra manera de hacer música, en este caso de percusión, a voluntad, tragando aire primero y soltándolo luego con distintas aberturas de boca, regulando intensidad y altura según nuestras intenciones.
Un poco más arriba, y cerca del Sierras Hotel vivían los padres de un compañero de colegio, físicamente muy ágil, que se llamaba Ernesto y era asmático y más o menos siguiendo la misma dirección pero hacia la izquierda, en un chalet que se llamaba Los Espinillos, un viejo cascarrabias, flaco y calvo, que se pasaba los días y las noches componiendo música. La misma que nos negaban a nosotros por no tener piano, por ser muy pobres o malditos, que se yo, el hecho es que cuando aparecimos por el Conservatorio y nos vieron la pinta una mujer alta y barbuda levantó un dedo índice que por las palabras acompañantes señalaban la puerta de la calle.
Y en esa vida a los saltos y ese andar siempre por las orillas comenzó el curso de solfeo para entrar en la banda municipal, pero tuvimos que dejar porque no alcanzaban los instrumentos donados por el círculo de damas.
Parece que mi primo y yo le caímos bien a Ernesto, que una vez nos invitó a su casa, enorme y hermosa, en lo alto del pueblo, a tomar el té como si fuéramos niños educados, había oído hablar de nuestras travesuras con el maestro Ocampo y nos pidió una demostración vocal. Pero no nos animamos porque teníamos vergüenza de su padre, que se llamaba Ernesto como él, y respeto por su madre, Doña Celia que instituyó en nuestras escuelas la merienda y leche para todos sin discriminación.
Te cuento para que lo escribas, que la última vez que vimos a Ernesto fue aquel verano que junto a mi primo planeamos apropiarnos de los duraznos en el chalet del viejo músico. Había un duraznero en su jardín, de esos duraznos blancos y tan dulces que cuando maduran son rosáceos por fuera pero por dentro enteramente blancos y jugosos.
Sabíamos a que horas el viejo componía y a qué hora dormía la siesta, y a qué hora una mujer que lo cuidaba y que era su hermana se recostaba en un sillón a cabecear unos minutos.
Serían como las dos de la tarde cuando nos reunimos. Ibamos los tres subiendo la cuesta, oyendo los sonidos de la siesta en el monte, mejor dicho, ese silencio donde solamente se oye el canto de las torcazas que viene de muy lejos, como del otro lado de la Sierra.
_ Che _, dijo de pronto Ernesto, cómo es ese asunto de los sonidos extraños que semejan el maullido de gatos y el aullido de lobos.
En cuanto empezamos a probar, que era como afinar, Ernesto soltó una carcajada.
Dominábamos tanto esa forma, tan válida como cualquier otra, pienso yo, de emitir sonidos, que eran prácticamente nuestras notas nuestras formas de cantar. Teníamos a medio ensayar un duetto precioso, donde una de las voces intentaba ser una melodía y la otra hacía un acompañamiento de pura percusión.
Justo cuando estabamos empezándolo, el chalet del viejo se nos apareció de golpe, al fondo una ventana alta, en primer plano los duraznos a punto de descolgarse de la rama, de tanto que los había madurado el sol.
Tendimos el oído a ver si como siempre estaba sonando el piano, pero nada, el viejo seguramente dormía. Nos metimos las puntas de las camisas dentro de los pantalones, embolsándolas un poco para guardar allí el producto de la expropiación y saltamos la verja.
Cortábamos y guardábamos, pero al mismo tiempo comíamos. Pronto desaparecieron los de abajo y hubo que trepar, Che, dijo Ernesto no suban todos a la vez que el árbol es muy débil y ordenó en voz baja, parece que viejo se está levantando, pero yo ni me moví, mirando el ejemplar de allá arriba, el más grande de todos, enorme, más que un durazno era un faisán, un melón lleno de miel.
Ernesto, mi primo y yo empezamos a sacudir el árbol hasta conseguir el balanceo violento capaz de producir el desprendimiento de la fruta. Caían hojas y pequeñas ramas, duraznos medio secos que no habíamos visto o desechado y bichos cascarudos.
La percepción del olor intenso de las hojas cortadas llegó junto con el ruido de la ventana que se abría, dando paso a esa cara espectral extraída del fondo de la siesta y a sus palabras:
_ Niños lleváos la fruta pero no rompáis las ramas del árbol.
Después de comer sólo los muy maduros, guardar los que estaban a punto y tirar al río los muy verdes mi primo y yo quisimos hacer el reparto. Ernesto dijo que si él llegaba con duraznos a la casa tendría que dar explicaciones muy serias, de modo que nos cedió su parte. Nuestros padres y tíos se alegrarían de que lleváramos comestibles y más que ellos nuestros hermanos y primos más pequeños.
Al atardecer estabamos sentados en el murallón del Tajamar, enfrente de la casa del Virrey Liniers. Ernesto dijo:
_ Al final no cantaron el dúo. ¿Cómo era?.
Bueno, cantar es un decir. Lo nuestro es más bien un juego o una burla.
_ Eso no importa Daniel, canten.
Afinamos otra vez, creo que afinar era lo más gracioso, con las caras que poníamos imitando al maestro Ocampo pero no cantamos el dúo, pues dejándonos llevar por la afinación que nos salió perfecta brotaron unas especies de modulaciones mozartianas suavísimas y dulces como los duraznos blancos, y Ernesto amigo mío no paró de reír y reír.
Dicen que el viejo de los duraznos era español. Había tenido que huir de su tierra, pero como no se resignaba a vivir fuera de ella, tenia dos relojes, uno para la hora de acá otro para la de allá, a los que daba cuerda todas las noches a fin de que no se le paralizara su patria lejana ni tampoco esta que le habían prestado. Lo más importante era no perder la diferencia horaria, para que, aunque muy a la distancia, el país que dejó se mantuviera presente en el tiempo de todos los días.
Y parece que alguien que ignoraba la importancia de ese rito llegó un día a la casa y sin que nadie se diera cuenta, puso los relojes en la misma hora, y dicen que en ese mismo momento, el viejo se despidió para siempre de la música de Alta Gracia y de su tierra, porque pocos días después encerrado en una caja oscura lo llevaron por el mar hasta su tierra donde duerme todos los silencios musicales juntos.
Mi primo y yo y otros chicos que ya tocaban en la banda, Ernesto, que entonces vivía en Córdoba, merodeábamos por la casa el día de la muerte del viejo, pensando que si en vez de robarle los duraznos le hubiésemos pedido que nos enseñase un poco de música, acaso él hubiese aceptado. Y nos entraba la lástima y teníamos remordimientos.
... El viejo se me apareció de golpe años después en su tierra. Yo llevaba un tiempo en España y una tarde estaba tomando tranquilamente una cerveza cuando en eso pago y me dan el vuelto y lo veo aparecer flaco y calvo como siempre, enmarcado por el contorno de un billete de cien pesetas, que hacía las veces de aquella ventana de su casa en Alta Gracia donde se asomó para decirnos que no le rompiéramos las ramas de su árbol.
Y con nuestro cómplice en el robo de las frutas me reencontré después de mucha vida. El encuentro tuvo lugar en las páginas de un semanario, en una fotografía captada durante una nevada en Alta Gracia, que mi memoria retenía, la revista, en un número super extra publicaba aquella fotografía para ilustrar la infancia del que yacía en la foto de la portada, rematado a tiros en un pueblo boliviano llamado, Ñancaguazú, Valle Grande. Se me saltaron las lágrimas al ver en que estado había quedado el niño que yo conocí, mi amigo que jamás me discriminó porque era pobre.
Para atenuarlas, recordando aquella vieja y mala costumbre emití un agudo modulado, mozartiano, como quien intenta provocarle una sonrisa."
V. Don Ernesto Guevara Lynch, recuerda que su hijo, el primogénito, héroe de esta historia "vivió en Alta Gracia desde los cinco años hasta los dieciséis, allí transcurrió toda su niñez y adolescencia, tuvo la oportunidad de convivir con la clase obrera que era muy pobre y vivir entre los ricos. La enseñanza no la echó en saco roto. En Alta Gracia aprendió lo que era la miseria y la injusticia social, recuerdo a una familia, compuesta por seis chicos, compañeros de juegos de Ernesto, el padre y la madre, que vivían todos en una misma pieza y una sola cama, como abrigo sólo tenían unos cuantos trapos viejos y papeles de periódicos. Es entonces cuando posiblemente nació en Ernesto, aquella rebelión que nunca lo abandonó, contra la clase social que explotaba y oprimía a la clase obrera".
Estas reflexiones de Guevara Lynch publicadas en su libro "Mi hijo el Che" cierran con un comentario: "Aquellos chicos, amigos de mi hijo, hoy son hombres y sé que ellos recuerdan con gran cariño todos estos episodios sucedidos años atrás y que hoy pese a la distancia en el tiempo, siguen considerándose amigos; aunque muy pocas veces se hayan vuelto a ver. Ariel Vidoza por ejemplo, íntimo amigo de Ernesto, actualmente es profesor de Golf en Buenos Aires, otros han ido desperdigándose en la provincia de Córdoba. Estoy seguro de que ninguno habrá olvidado aquellos tiempos de Alta Gracia ."
(D. Moyano, Alta Gracia 2001)
Entrenamiento del futuro guerrillero
... "Fui amigo de Ernesto, y de ese mundo de recuerdos que hoy revivimos, de su infancia, de sus travesuras, de su asma, en Alta Gracia, jamás olvido que fue en Alta Gracia y en otras Sierras de Córdoba donde sin saberlo, se entrenó para lo que iba a afrontar más tarde: escalar montañas, montar a caballo, practicar la natación, soportar el frío, el calor, aprender a sobrevivir. Todo aquello sirvió a Ernesto de preparación para lo que vendría después. Desde los 10 años salíamos a caballo, con una carpa o nada, una hamaca, dormíamos a cielo abierto"...
(Calica Ferrer, Buenos Aires 2001)
Ajedrez: Los primeros movimientos
..."Enseñé a Ernesto los primeros movimientos de ajedrez cuando él era muy pequeño, fue en Alta Gracia en las Sierras de Córdoba. Recuerdo algunas partidas en que yo por voluntad propia perdía y mi hijo se ponía furioso, así no quiero jugar, decía. Con el tiempo progresó en la práctica del juego ciencia y cuando en Buenos Aires estudiaba la carrera de Medicina enfrentaba a expertos jugadores, pero yo no estoy autorizado a juzgar a mi hijo como ajedrecista.
Con el tiempo conocí por el maestro Najdor, campeón argentino, que en 1962 había jugado con Ernesto y lo calificó de un ajedrecista de primera categoría.
Najdorf declaró a un periódico de Buenos Aires que el Che Guevara tenía una biblioteca compuesta por más de 500 volúmenes sobre ajedrez. ¿cómo jugaba? era un jugador bastante fuerte. Prefería el juego agresivo y era sensible a los sacrificios, pero bien preparados; por lo que puedo ubicarlo en primera categoría"...
(Ernesto Guevara Lynch, La Habana 1982)
De Alta Gracia a Córdova
..."En1943, tras algunas tribulaciones infructuosas para acercarse a Córdoba sin instalarse allí por completo, la familia Guevara decide cambiar de casa por las buenas, enésima migración y se instala en plena ciudad. Primero porque el ir y volver cotidiano de Alta Gracia fatiga a Ernesto, luego porque ya le toca a la menor, Celia, pasar a secundaria, finalmente porque la madre espera un quinto hijo (Juan Martín) y Don Ernesto encontró el modo de trabajar asociado con un arquitecto de la capital provinciana. La casa de Córdoba, calle Chile, 288 donde vivirán cinco años será célebre en el folclore familiar, como la famosa Villa Nidia, de Alta Gracia" ...
(Pierre Kalfon, París 1997)
Testimonios y Recuerdos
Che Guevara: Historias inéditas de su infancia
Sucedió en Alta Gracia, sierras de Córdoba, en el corazón de la República Argentina. Corre el mes de setiembre de 1939. Ernesto, el hijo mayor del matrimonio Guevara-de la Serna, tiene cumplidos 11 años, 9 de ellos signados por el asma, enfermedad que le acompañó en sus pasos por la vida y que sòlo a ratos establece tregua por el clima seco de la región, su naturaleza fértil, montañas retadoras, saltos de agua, campos abiertos para la practica deportiva...
Alta Gracia concedió al niño de esta historia, la posibilidad de vivir como otros chicos de su edad, y en opinión de su padre ,jamás le acomplejó su dolencia respiratoria, creció entre ejercicios, estudios y juegos, y forjó su carácter en la fragua social de aquel paraje donde los más pobres, fueron sus amigos.
Ernesto, vive en Villa Nidia, una casona colonial que se observa en la parte alta de esta ciudad; posee sala-comedor tres dormitorios, áreas para el servicio doméstico compuesto por Sara, María y Rosario; cocina de época y hábitat para estudio de Don Ernesto. Árboles patriarcales regidos por un pino robusto, tributan sombra y abanican brisa en ésta típica vivienda a la que circunda campo suficiente para juegos de los muchachos.
En el dormitorio del hijo mayor reposa sobre la cama ,un tablero de ajedrez. Disputa una partida con su padre, quien no oculta la satisfacción de haber iniciado a Ernesto en la afición a este antiguo juego llegado de Persia y con el cuál se ejercitan los más grandes estrategas. Se enfurece cuando pierde, acota el maestro. Comenta:
"_ ¿Sabés Ernesto? hoy para orgullo de todos los argentinos, participa en la olimpiada mundial de ajedrez en Buenos Aires, el campeón sin corona, José Raúl Capablanca, de Cuba. ¡Es un cubano el más grande ajedrecista del planeta!."
Cuentan que 24 años después, en La Habana, cuando ya aquel niño asmático de las Sierras de Alta Gracia, era hombre, convertido en sueño y verdad de la juventud de América, cargado de historia, pensamiento, pureza y voluntad,asistió en La Habana a la inauguración del " Torneo Internacional Capablanca In Memoriam". Fue el discreto y respetuoso homenaje del Ministro de Industrias dirigente político y guerrillero heroico, al genio del juego ciencia, su ídolo , cuyo nombre escuchó mencionar por primera vez, aquel día de setiembre, de 1939.
II ¿Porqué Alta Gracia en la vida del matrimonio Guevara de La Serna? La historia se remonta a noviembre, de 1927, tras la boda y luna de miel en la lejana Misiones, provincia distante 1800 Km. al norte de Buenos Aires, por el Río Paraná, fronteriza con Paraguay y Brasil.
En Misiones, Guevara Lynch es dueño de tierras donde cultiva yerba mate, "el oro verde"y según se ha escrito "vivía poseído de la fiebre yerbatera,"Allà fue con su joven esposa Celia de La Serna, heredera de una hacienda agrícolo- ganadera; ella tenía 21 años, él 26, ambos pertenecían a la alta sociedad de Buenos Aires.
La luna de miel duró poco, Celia, embarazada, advirtió el grito de su sangre en forma de niño y el reclamo por asomar el rostro al mundo. Decidieron volver a la civilización para que el parto "se produjera en un ambiente más cómodo y seguro". El joven matrimonio viajó río abajo en un barco hasta Rosario, ciudad portuaria de 300,000 habitantes, que se ubica a unos 300 Km de la capital Argentina. Aquí nació Ernesto Guevara de La Serna, en la madrugada del 14 de junio, de 1928. Actuaron como testigos para la inscripción del niño, Raúl Lynch, primo de Don Ernesto y José Beltrán, taxista brasilero.
El pequeño enfermó y en auxilio de la joven madre, acude su suegra Ana Lynch y sus hijas Ercilia y Beatriz. Al restablecerse dos meses después regresan a Buenos Aires, para presentar a Ernestito a los familiares de sus padres, opuestos a aquel noviazgo y matrimonio, allí el primogénito fue bautizado y es su padrino Pedro León Echague, amigo de la familia.
De Buenos Aires, nuevamente a las selvas de Misiones. En 1929, Celia quedó embarazada, y Don Ernesto decide el regreso definitivo a la capital, donde su esposa alumbró una niña a quien bautizaron con el nombre de la madre; por entonces vivían en un chalet ubicado en el terreno de una gran quinta colonial propiedad de su cuñada "a una distancia cómoda del astillero de Don Ernesto, al borde de la quiebra en el suburbio residencial de San Isidro" .
La economía de Ernesto y Celia se deprimía cada vez màs y para colmo ,el astillero fue pasto de las llamas en un incendio sospechoso. Dicen que no estaba protegido por el seguro. Un ventoso y frìo día de mayo, año 1930, Celia llevó a su hijo Ernesto de dos años a nadar en el Club Náutico. Esa noche el niño tuvo su primer ataque de tos y el médico diagnosticó bronquitis asmática. La familia comprendió que el primogénito había contraído una enfermedad crónica que lo afectaría el resto de su vida y alteraría irrevocablemente la de sus padres. En mayo de 1931, nació Roberto.
Al crecer la familia, deciden tiempo después viajar a Córdoba, distante 700 Km. de Buenos Aires. La ciudad capital es famosa por su cultura (tiene una de las universidades más antiguas del continente,fundada en 1613) y las sierras, aportan un clima seco que los médicos recomiendan a la familia cuando piensan en Ernesto y su asma rebelde
Se alojan en un hotel con ventanas abiertas a la Plaza San Martín. El niño de casi 5 años no mejora, tampoco la economía del padre, por ello renta una casa de alquiler noble en Argüello, pueblo de campo, cercano a la ciudad capital de provincia. Se mantiene un
El cuadro se mantiene idéntico en la salud de Ernesto y es cuando por sugerencias de un especialista amigo, Dr. Jorge Ferrer, ordenan las maletas y parten hacia Alta Gracia.
III Fue en esa ciudad, en la primavera del año 2001, donde conocí a viejos amigos de Ernesto Guevara, niños en aquella época a quienes pedí contaran historias inéditas y junto a ellos recorrimos barrios bajos y altos, el de los ricos y los pobres, mineros, ferroviarios, peones, gente muy humilde, compañeros de Ernesto Guevara -de La Serna. Me alegró conocer y besar la frente de Doña Elba Rossi, ya en el pórtico de la centuria. Elba precisa que ella no fue la primera maestra del Che Guevara, fue su propia madre Doña Celia, quien inició al niño en el mundo de las lecturas, las mejores y le enseñó la práctica de otro idioma, francés. Doña Elba murió en los días de mayo del 2002.
Benita Roldan fue también maestra de Che, en la escuela Santiago de Liniers, y según Don Vidoza, uno de sus condiscípulos, era muy bella, "y usted no imagina cuantas maravillas hacíamos con un espejo que llevó Ernesto al aula, y que colocado en una posición ideal se reflejaban las piernas de aquella hermosa mujer"
Vidoza recuerda a Don Oviedo Celaya, esposo de Elba, austero maestro, de sexto grado. "Un día preguntó cuál de nosotros conocía algo de la Revolución francesa, nadie levantó la mano y entonces Ernesto lo hizo, pasó al frente, junto a Dn' Oviedo y muy sereno dio una clase sobre el tema que nos dejó asombrados. Habló como si fuera el maestro y apenas tenía unos siete u ocho años."
Y conozco a Rosario González, Doña Charito, allá en el barrio sur, nodriza y cocinera del Che, Sara Echenique y María Martínez que formaban parte de la casa Guevara -de la Serna, ya no viven, Rosario acaricia su año 86 y dice que recuerda a Ernesto como si lo viera hoy, y prodigando elogios a Celia, "que era una dulzura, una mujer tan amorosa, delicada y muy generosa. Gracias a la patrona los chicos pobres de Alta Gracia comenzaron a alimentarse con leche fresca en las escuelas, que Doña Celia pagaba."
¿Y de los hermanitos, Rosario?
- "Ernestito era el más delicado de salud, por eso me apegué tanto a él, como él a mí, porque era el que más cuidado necesitaba, más cariño y compañía. Era un amor de chico"
Rosario cuenta que el Che le enseñó a ser solidaria,
" "Si estaba comiendo un pedacito de pan y venía un chico, lo compartía con él. Un día, jugaba fútbol con otros chicos y veo que regresa a la casa muy serio, y entra a su dormitorio, busca un pantalón y sale con él, yo le pregunté ¿vos donde vas con ese pantalón? contá con tu madre, y él respondió es para el "Negro" que tiene su pantalón roto y no puede jugar y además porqué yo voy a tener 10 pantalones y mi amigo ninguno, sus padres no tienen dinero, si los míos con tanta plata no pueden curar mi asma. Recuerda Rosario que conversaba horas con el niño y con apenas 6 o 7 años, era el primero que leía el diario y un día le dije: ¿ porqué no me enseñás a leer? Y él me respondió: un día de estos.
" Esta casa siempre estaba llena de chicos y comían aquí, es como si lo estuviera viendo a Don Ernesto con las manos en la cintura: "¡ah, que le parece Rosario, barato me van a salir los amigos de mis hijos!" y sonreía y mis ojos se humedecían por la emoción."
IV. En Alta Gracia asistí al primer aniversario de su designación como Patrimonio Cultural de la Humanidad, sabia decisión de la UNESCO y aprecié el trabajo para la apertura del Museo Che Guevara, en Villa Nidia, en la calle nº 501 en el barrio Carlos Pellegrini. Cuando abra sus puertas mostrará al visitante fotos, documentos, libros y material bibliográfico y otros testimonios históricos pertenecientes al Guerrillero Heroico.
Recorrí las mansiones Jesuitas y del Virrey Liniers, la Iglesia Mayor, el Dique de los Molinos, las escuelas San Martín y Santiago de Liniers donde estudiaron en sesiones matutina y vespertina, Ernesto, Celia, Roberto y Ana María, me detuve frente al chalet Los Espinillos, donde vivió durante su exilio, el virtuoso músico y compositor español Manuel de Falla, autor de la inmortal Danza del Fuego y padre político del malogrado poeta Federico García Lorca.
Conocí por referencias e impacto visual, las edificaciones del Hotel La Gruta, primer alojamiento de la familia Guevara de La Serna, quienes después vivieron en el Sierras Hotel, chalet de Fuentes, Villas Beatriz, Chichita y Nidia, siendo ésta última la que marcó un alto en la rotación de inmuebles, regida por principios económicos.
Y fue en Alta Gracia donde admiré el testimonio de otro amigo del Che Guevara, uno de los niños más humildes de esta estancia Jesuítica, en su adultez, músico y gente de letras. Presento a Daniel Moyano para que cuente a ustedes pasajes históricos de su infancia, y de su amistad con Ernesto Guevara de la Serna.
" Por los años 42 o 43 en Alta Gracia mi primo y yo íbamos todos los jueves a la Plaza Manuel Solares a la hora de la retreta, para vengarnos de que no nos dejaban estudiar música que era nuestra vocación. Aquella acción consistía en llegar de súbito a las espaldas de Ocampo, el director, justo cuando éste levantaba la batuta para atacar la primera pieza del concierto y emitir a dúo, lo más fuerte posible una serie de sonidos extraños, ante el escándalo de las viejas que tejían en los bancos cerca de la pérgola y del propio maestro, que se agarraba los pocos pelos que tenía y nos insultaba en voz baja pero concentradamente. Nosotros seguíamos con nuestra manera de hacer música, en este caso de percusión, a voluntad, tragando aire primero y soltándolo luego con distintas aberturas de boca, regulando intensidad y altura según nuestras intenciones.
Un poco más arriba, y cerca del Sierras Hotel vivían los padres de un compañero de colegio, físicamente muy ágil, que se llamaba Ernesto y era asmático y más o menos siguiendo la misma dirección pero hacia la izquierda, en un chalet que se llamaba Los Espinillos, un viejo cascarrabias, flaco y calvo, que se pasaba los días y las noches componiendo música. La misma que nos negaban a nosotros por no tener piano, por ser muy pobres o malditos, que se yo, el hecho es que cuando aparecimos por el Conservatorio y nos vieron la pinta una mujer alta y barbuda levantó un dedo índice que por las palabras acompañantes señalaban la puerta de la calle.
Y en esa vida a los saltos y ese andar siempre por las orillas comenzó el curso de solfeo para entrar en la banda municipal, pero tuvimos que dejar porque no alcanzaban los instrumentos donados por el círculo de damas.
Parece que mi primo y yo le caímos bien a Ernesto, que una vez nos invitó a su casa, enorme y hermosa, en lo alto del pueblo, a tomar el té como si fuéramos niños educados, había oído hablar de nuestras travesuras con el maestro Ocampo y nos pidió una demostración vocal. Pero no nos animamos porque teníamos vergüenza de su padre, que se llamaba Ernesto como él, y respeto por su madre, Doña Celia que instituyó en nuestras escuelas la merienda y leche para todos sin discriminación.
Te cuento para que lo escribas, que la última vez que vimos a Ernesto fue aquel verano que junto a mi primo planeamos apropiarnos de los duraznos en el chalet del viejo músico. Había un duraznero en su jardín, de esos duraznos blancos y tan dulces que cuando maduran son rosáceos por fuera pero por dentro enteramente blancos y jugosos.
Sabíamos a que horas el viejo componía y a qué hora dormía la siesta, y a qué hora una mujer que lo cuidaba y que era su hermana se recostaba en un sillón a cabecear unos minutos.
Serían como las dos de la tarde cuando nos reunimos. Ibamos los tres subiendo la cuesta, oyendo los sonidos de la siesta en el monte, mejor dicho, ese silencio donde solamente se oye el canto de las torcazas que viene de muy lejos, como del otro lado de la Sierra.
_ Che _, dijo de pronto Ernesto, cómo es ese asunto de los sonidos extraños que semejan el maullido de gatos y el aullido de lobos.
En cuanto empezamos a probar, que era como afinar, Ernesto soltó una carcajada.
Dominábamos tanto esa forma, tan válida como cualquier otra, pienso yo, de emitir sonidos, que eran prácticamente nuestras notas nuestras formas de cantar. Teníamos a medio ensayar un duetto precioso, donde una de las voces intentaba ser una melodía y la otra hacía un acompañamiento de pura percusión.
Justo cuando estabamos empezándolo, el chalet del viejo se nos apareció de golpe, al fondo una ventana alta, en primer plano los duraznos a punto de descolgarse de la rama, de tanto que los había madurado el sol.
Tendimos el oído a ver si como siempre estaba sonando el piano, pero nada, el viejo seguramente dormía. Nos metimos las puntas de las camisas dentro de los pantalones, embolsándolas un poco para guardar allí el producto de la expropiación y saltamos la verja.
Cortábamos y guardábamos, pero al mismo tiempo comíamos. Pronto desaparecieron los de abajo y hubo que trepar, Che, dijo Ernesto no suban todos a la vez que el árbol es muy débil y ordenó en voz baja, parece que viejo se está levantando, pero yo ni me moví, mirando el ejemplar de allá arriba, el más grande de todos, enorme, más que un durazno era un faisán, un melón lleno de miel.
Ernesto, mi primo y yo empezamos a sacudir el árbol hasta conseguir el balanceo violento capaz de producir el desprendimiento de la fruta. Caían hojas y pequeñas ramas, duraznos medio secos que no habíamos visto o desechado y bichos cascarudos.
La percepción del olor intenso de las hojas cortadas llegó junto con el ruido de la ventana que se abría, dando paso a esa cara espectral extraída del fondo de la siesta y a sus palabras:
_ Niños lleváos la fruta pero no rompáis las ramas del árbol.
Después de comer sólo los muy maduros, guardar los que estaban a punto y tirar al río los muy verdes mi primo y yo quisimos hacer el reparto. Ernesto dijo que si él llegaba con duraznos a la casa tendría que dar explicaciones muy serias, de modo que nos cedió su parte. Nuestros padres y tíos se alegrarían de que lleváramos comestibles y más que ellos nuestros hermanos y primos más pequeños.
Al atardecer estabamos sentados en el murallón del Tajamar, enfrente de la casa del Virrey Liniers. Ernesto dijo:
_ Al final no cantaron el dúo. ¿Cómo era?.
Bueno, cantar es un decir. Lo nuestro es más bien un juego o una burla.
_ Eso no importa Daniel, canten.
Afinamos otra vez, creo que afinar era lo más gracioso, con las caras que poníamos imitando al maestro Ocampo pero no cantamos el dúo, pues dejándonos llevar por la afinación que nos salió perfecta brotaron unas especies de modulaciones mozartianas suavísimas y dulces como los duraznos blancos, y Ernesto amigo mío no paró de reír y reír.
Dicen que el viejo de los duraznos era español. Había tenido que huir de su tierra, pero como no se resignaba a vivir fuera de ella, tenia dos relojes, uno para la hora de acá otro para la de allá, a los que daba cuerda todas las noches a fin de que no se le paralizara su patria lejana ni tampoco esta que le habían prestado. Lo más importante era no perder la diferencia horaria, para que, aunque muy a la distancia, el país que dejó se mantuviera presente en el tiempo de todos los días.
Y parece que alguien que ignoraba la importancia de ese rito llegó un día a la casa y sin que nadie se diera cuenta, puso los relojes en la misma hora, y dicen que en ese mismo momento, el viejo se despidió para siempre de la música de Alta Gracia y de su tierra, porque pocos días después encerrado en una caja oscura lo llevaron por el mar hasta su tierra donde duerme todos los silencios musicales juntos.
Mi primo y yo y otros chicos que ya tocaban en la banda, Ernesto, que entonces vivía en Córdoba, merodeábamos por la casa el día de la muerte del viejo, pensando que si en vez de robarle los duraznos le hubiésemos pedido que nos enseñase un poco de música, acaso él hubiese aceptado. Y nos entraba la lástima y teníamos remordimientos.
... El viejo se me apareció de golpe años después en su tierra. Yo llevaba un tiempo en España y una tarde estaba tomando tranquilamente una cerveza cuando en eso pago y me dan el vuelto y lo veo aparecer flaco y calvo como siempre, enmarcado por el contorno de un billete de cien pesetas, que hacía las veces de aquella ventana de su casa en Alta Gracia donde se asomó para decirnos que no le rompiéramos las ramas de su árbol.
Y con nuestro cómplice en el robo de las frutas me reencontré después de mucha vida. El encuentro tuvo lugar en las páginas de un semanario, en una fotografía captada durante una nevada en Alta Gracia, que mi memoria retenía, la revista, en un número super extra publicaba aquella fotografía para ilustrar la infancia del que yacía en la foto de la portada, rematado a tiros en un pueblo boliviano llamado, Ñancaguazú, Valle Grande. Se me saltaron las lágrimas al ver en que estado había quedado el niño que yo conocí, mi amigo que jamás me discriminó porque era pobre.
Para atenuarlas, recordando aquella vieja y mala costumbre emití un agudo modulado, mozartiano, como quien intenta provocarle una sonrisa."
V. Don Ernesto Guevara Lynch, recuerda que su hijo, el primogénito, héroe de esta historia "vivió en Alta Gracia desde los cinco años hasta los dieciséis, allí transcurrió toda su niñez y adolescencia, tuvo la oportunidad de convivir con la clase obrera que era muy pobre y vivir entre los ricos. La enseñanza no la echó en saco roto. En Alta Gracia aprendió lo que era la miseria y la injusticia social, recuerdo a una familia, compuesta por seis chicos, compañeros de juegos de Ernesto, el padre y la madre, que vivían todos en una misma pieza y una sola cama, como abrigo sólo tenían unos cuantos trapos viejos y papeles de periódicos. Es entonces cuando posiblemente nació en Ernesto, aquella rebelión que nunca lo abandonó, contra la clase social que explotaba y oprimía a la clase obrera".
Estas reflexiones de Guevara Lynch publicadas en su libro "Mi hijo el Che" cierran con un comentario: "Aquellos chicos, amigos de mi hijo, hoy son hombres y sé que ellos recuerdan con gran cariño todos estos episodios sucedidos años atrás y que hoy pese a la distancia en el tiempo, siguen considerándose amigos; aunque muy pocas veces se hayan vuelto a ver. Ariel Vidoza por ejemplo, íntimo amigo de Ernesto, actualmente es profesor de Golf en Buenos Aires, otros han ido desperdigándose en la provincia de Córdoba. Estoy seguro de que ninguno habrá olvidado aquellos tiempos de Alta Gracia ."
02/04/2005 18:11 Hay 1 comentario.
